viernes, 11 de enero de 2013

La Selección de Cuentos (de Fontanarrosa)

Sin excesivos preámbulos, acá va una selección de los mejores cuentos de fútbol del precursor de la "literatura de la pelota" (aquel que creció queriendo ser como Ermindo Onega y no como Cortázar). Humor y elegancia, poesía y fanatismo en cada una de las líneas del "Negro". El hincha de Central al que sólo dos catástrofes pudieron despertar antes de las diez: la invasión de las Malvinas y cuando Maradona firmó para Newell´s.

Salimos a la cancha con una formación de 7 audios (en su mayoría relatados por Apo), línea de 4 videos (del programa de canal 7 + un video de la obra teatral de "los volatineros") y otros 6 textos suplentes.



Dirección Técnica: Roberto Fontanarrosa.

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12 – Los nombres

Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres porque se puede estar transmitiendo agarrado al micrófono con las dos manos, casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta, transpirada y abierta, los auriculares ciñiendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarte, tienen que ser llenos, digamos macizos, nutridos, eso, nutridos. Tienen que llenar la boca, atragantarla, que se los pueda masticar, escupir, como puede ser digamos Marrapodi, viejo, Marrapodi, ¡volóoo Marrapodi y echó al córner!, Marrapodi llena lagarganta, sube, se puede arrastrar, no queda encía, muela, paladar sin Marrapodi, para deletrear casi con asco, con afonía. No. Marrapodi además volaba y se quedaba colgado en el aire con la pelota suya como un dirigible, remata, ¡vuela Marrapodi y atrapa! Roque Marrapodi, para colmo, nombre para reventarse las venas del cuello y que lloren los ojos por un solazo bárbaro de domingo a la tarde, lleno de gente porque entra Borello o quien sea y ¡tiraaa! Y allá sale disparado Marra como un lanzazo, la boca abierta, más abierta, los ojos casi en blanco, el pelo exagerado en el aire, un pie aquí, el otro allá, un manchón verde, uno gris, ese golpe en la punta de los dedos como quien puede manotear un pájaro, una gaviota, caer hecho un manojo en el aire, los bigotes misturados de césped, el olor, relojear por bajo el brazo y la ingle dónde fue a parar esa bola y gritar sintiendo la garganta afiebrada de flema volóooo Marrapodi, medio arrastrando entre los dientes y la lengua la doble erre porque ya el flaco con el fulbo bajo el brazo va a buscar la gorra que quedó en el otro palo. O quizás Carrizo, pero menos, no tiene tanta fuerza decir Carrizo, tal vez en la zeta está ese olor a naranja, a cigarrillo, pero por ejemplo Camaratta, otro, Camaratta, vamos viejo, Camaratta, viene el centrooo... y son tenazas las manos de Camaratta, ¡dos garfios Camaratta!, cómo no va a tener tenazas Camaratta aunque no se debía tirar, a Camaratta le debían reventar pelotazos en el pecho desde medio metro y el ruido se debía escuchar hasta en la otra cuadra y viene el rebote, entró Pontoni, tiróoo, sacó Camaratta, de nuevo un balinazo en el tórax inmenso de Camaratta con el pelo mojado sobre la frente y una lluvia de sudor desprendida de su nariz y el sudor en los ojos, ¡cómo le debía picar el sudor en los ojos a Camaratta!, ¡cómo le debería picar! Y se quedaría tirado tras el tercer rebote en el suelo como un cachalote con la media derecha caída, sangrante y terrosa la rodilla, porque Camaratta siempre debía jugar en cancha de Atlanta donde es pura tierra y cada entrevero era una polvareda tremenda, donde catorce hinchas se morían de calor y odio y miles pero miles de argentinos escuchaban succionados por la radio la voz porteña del balompié, pasión de multitudes, ¡Ca-ma-ra-tta!, salvó su arco de segura caída, Camaratta carajo, no Blazina por ejemplo porque Blazina es como decir felino o colina, algo plástico, estético, Mirko volaba en treinta y tres revoluciones, ahora un brazo, después el otro, flexionar la rodilla, una gambeta blanca blanca pero todo en cámara lenta, muda, como un vacío que se hubiera chupado el rugido de la tribuna, sólo Blazina planeando, en blanco y negro para colmo, que eso no es para hinchas, es para artes visuales. No, no se puede transmitir sin esos nombres, ojalá estuviera Marrapodi, o Camaratta, o Macarrata, o Camarrodi, Macarrata, ¡se tira Macarratta!¡Voló!, el micrófono hecho un puñal, un puñetazo sudoroso, ¿cómo puede haber un arquero García por ejemplo, García, qué se va a decir?, volóoo García, si queda en la boca esa sensación desierta y adormecida de cuando uno come pastillas de menta, volóoo García, qué mierda va a volar ese boludo. Que se quede parado para eso.



13 - ¡Qué lástima Cattamarancio!

—Va a venir el centro desde la punta derecha, es un infierno el área 18, arde el cuadro de rigor,
Magrín entre los tres palos, empujándose Sabioli con García Mainetti. ¡Cuidado muchachos,
cuidado muchachos! Si los ve el árbitro se van los dos para los vestuarios. Entraña serio peligro
este tiro libre, sube Tomé, sube Romano, ahí también va Julio Esteban Agudelo en procura del
centro, no respeta la distancia Omar Grafigna. ¡Qué cosa con Grafigna, siempre lo mismo!
¡Vamos Grafigna, un poco más atrás! Va a lanzar desde el flanco derecho Juan Carlos Marconi,
el áspero marcador de punta de River Plate, se demora la maniobra. ¡Cabrini!
—¡Almaceri termina con el ruido de su motor! ¡Almaceri 348, el anticorrosivo líquido amigo del
motor de su coche! ¡No lo olvide! Búsquelo en...
—¡Un momento, Cabrini! Vino el centro, saltó un hombre, un cabezazo, rebota el esférico, sale
del área, surge Peñalba, otro golpe de cabeza, va al suelo Tomé, nuevamente Peñalba llega,
cruza, pelea. ¡Un león, Peñalba! Salta Romano, cuidado, ahí está, le va a pegar... ¡Qué lástima,
Cattamarancio!... Llegó, apuntó, midió, le metió un derechazo tremendo y la mandó apenas
rozando una de las torres de iluminación, para ser más preciso la que da a espaldas de la
Figueroa Alcorta.
—Se lo perdió Cattamarancio. Llegó muy bien a esa pelota alejada por Peñalba, le pegó de zurda
y la tiró a las nubes. Lo habíamos dicho.
—Estaba el gol ahí.
—Estaba el gol.
—¡Qué bien, Peñalba! ¿No, Rodríguez Arias?
—Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Excelente el uruguayo, un jugadorazo.
—¡Qué estampa, qué figura, qué manera de pararse en la cancha! ¿Sabe a quién me hace
acordar, Rodríguez Arias? A aquél que fuera extraordinario fulback de Racing y nuestra
selección... ahora su nombre no viene a mi memoria... ¿Cómo es que se llamaba? Qué hacía
pareja con Alejo Marcial Benítez, el “Sapo” Benítez, la misma forma de pararse, hasta el mismo
peinado tiene, vea...
—¿Saúl Mariatti, dice usted?
—No, no Cabrini. ¿Cómo era este muchacho? Que tantas veces luciera la blanquiceleste,
averígüeme Cabrini; le digo más, atajaba Delfín Adalberto Landi para la institución de
Avellaneda en esa época...
—Le averiguo, Ortiz Acosta.
—Y actíveme la comunicación con Petrogrado, Cabrini. En pocos minutos tendremos contacto
con la ciudad soviética de Petrogrado, allá en la fría tundra del gran país socialista. En pocos
minutos, señores. ¡Se nubló sobre el Monumental de Núñez, qué feo se ha puesto el día,
cayeron las sombras sobre el estadio de River, pero el público no deja por eso de vivir
intensamente esta fiesta del deporte porque el fútbol es la pasión argentina dominguera que nos
aleja al menos por un día de los problemas cotidianos, porque no sólo ya el hombre de la casa
disfruta de este espectáculo sino que también las mujeres y los niños, la familia argentina plena
goza de esta fiesta hebdomanaria y porque, ¡se animó el partido, Rodríguez Arias!
—Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Se fue River arriba empujado por el temperamento, la fuerza
y la petulancia de Sebastián Artemio Tomé.
—Con la pelota Ignacio Surbián avanza el rubio mediovolante de la visita, cruza la línea
demarcatoria de medio campo, pelotazo para el puntero derecho, no va a llegar, no va a llegar,
no va a llegar y no llegó. No llegó Falduchi a esa pelota. Jugó un tiempo en Racing y luego pasó
a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar y luego
pasó a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar,
luego de Racing pasó a militar en el conjunto bohemio, estoy casi seguro. Esa pelota se fue a la
tribuna. Averígüeme Cabrini. Otra vez River en el ataque, ahí va Giménez, lo busca a López,
pared para Giménez, se metió, se metió...
¡Qué fuerte salió Bermúdez! Va muy fuerte el misionero, algún día va a lastimar a alguien. Trabó
abajo, le sacudió el tobillo al chico de la bandera roja, muy fuerte, muy fuerte el cuevero de San
Lorenzo. Es para tarjeta.
—No tiene necesidad Bermúdez es un buen jugador. Lo habíamos dicho.
—Yo no sé qué le pasa a ese chico. Se enloquece en el campo de juego. Y es un muy buen
muchacho fuera de la cancha. De buena familia, buenos padres, hogar bien constituido, madre
comprensiva. Pero no sé, adentro se transforma... ¡Cabrini!

—¡A correr, a saltar, a “Monigote” no le van a ganar! Ropa para niños “Monigote”, la línea que lo
aguanta todo. Otro producto diez puntos de la afamada marca.
—¡Un momento, Cabrini, que se va a ejecutar el tiro libre y hay sumo riesgo para la valla
defendida por Guillermo Rubén Magrín, el muchacho de Tres Arroyos! Se forma la barrera con
dos, tres, seis hombres, imponente esa barrera, una verdadera muralla, el balón descansa
aparentemente tranquilo a unos... 23 metros del arco en línea casi recta al entrecejo del
golquíper azulgrana.
—Lindo tiro para García Mainetti.
—Para García Mainetti o Giménez. Los dos le pegan bien. Por favor Cabrini, averígüeme. Este
zaguero de Racing que le digo, también formó pareja con Anastasio Rico, un tres que pasó por
Boca y que luego brillara tantos años en el fútbol colombiano.
—¿Pablo Eleuterio Mercante?
—No, Mercante no, no. ¿Cómo se llamaba este muchacho? ¿Ya está la comunicación con
Petrogrado? ¿Ya está la comunicación con Petrogrado? ¿Ya la tenemos?
—Todavía no, Ortiz Acosta.
—Va a tirar García Mainetti, hay peligro, hay peligro, aroma de gol en el estadio, atención,
atención... ¿Cómo se llamaba este muchacho que jugaba con Alejo Benítez? Me parece estar
viéndolo, alto, rubio, venía de Excursionistas. ¿No tenemos la comunicación con Petrogrado?
todavía no la tenemos, están haciendo esfuerzos los muchachos de la estación terreno de
Balcarce, gracias muchachos, no es responsabilidad de ellos, hay peligro en este disparo, es
problema de la estación receptora de Quito, Ecuador o tal vez del radioenlace de Ciudad del
Cabo... ¿Ya lo tenemos, Cabrini?
—Un momento, Ortiz Acosta, nos informan desde...
—¡La pelota pegó en el palo, rebota, se salvó San Lorenzo, un bombazo, entra López, remata,
pega en un hombre, cuidado, puede ser...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Llegó a la carrera ante
ese rebote corto, le pegó de volea como venía y estremeció el Autotrol de un pelotazo...
—Entró bien Cattamarancio con el olfato clásico de los goleadores, se apuró a darle, le pegó con
un fierro y abolló el cartel indicador.
—Lesionado Peñalba, Ortiz Acosta.
—Lesionado Peñalba, lesionado Peñalba. Quedó en el suelo Peñalba, atención esto puede ser
importante, hombre fundamental en el esquema de San Lorenzo, está en el suelo, se toma la
pierna...
—Pierna derecha...
—Pierna derecha, puede ser aductor, o gemelo, vamos a ver, averigüemé Cabrini, jurgo
detenido, esperemos que no sea nada, corren los auxilios. Este muchacho que hacía pareja con
Alejo Benítez, luego de revistar en Atlanta, pasó al Cúcuta de Colombia cuando era técnico
Isidro Mendoza, el “Colorado” Mendoza. ¿Usted no lo recuerda, Rodríguez Arias?
—¿El Pardo Sabiña?
—No. No. Este era rubio, alto, buen físico. ¿Cómo se llamaba este muchacho? Parece mentira,
pequeñas trampas que nos hace la memoria, sigue el juego, ataca San Lorenzo, se viene
Grafigna, creo que el apellido empezaba con “hache”, un apellido polaco o algo así, se tiró a la
punta, busca el desborde Manuel Carrizo, muy veloz, la tiró para adelante y a correr, si la
alcanza hay peligro, cuidado, cuidado... ¿Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la
tenemos? ¡Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la tenemos? ¡Tenemos la comunicación
con Petrogrado, adelante don Urbano Javier Ochoa, desde Petrogrado, adelante don Urbano
Javier Ochoa!
—...
—¿Qué pasa?... Algo pasa... No se oye... ¿Se cortó?
—¿Ortiz Acosta?... Sí... ¿Ortiz Acosta?
—¡Don Urbano Javier Ochoa, Ortiz Acosta le habla desde el estadio de River, están jugando
River y San Lorenzo, 15 minutos del segundo período y empatan sin goles, señor Ochoa!
—Muy bien... yo estoy muy bien, pero...
—El pueblo argentino quiere saber, señor Ochoa, quiere que nos cuente, cómo ha sido hasta el
momento ese raid que usted está llevando a cabo a lomo de dos caballos argentinos, dos
caballitos argentinos como fueran aún en la memoria y el orgullo de todos nosotros. Y que nos
cuente además, señor Ochoa, cómo ha sido ese viaje que tras cruzar el Estrecho de bering lo ha
llevado a la tundra soviética, señor Ochoa...
—Bueno, Ortiz Acoste, yo estoy...
—Los argentinos, quiero adelantarle, señor Ochoa, y perdone que lo interrumpa, estamos muy

pero muy orgullosos y asombrados de que en esta época de los vuelos interespaciales y las
comunicaciones maravillosas que nos unen con todos los confines más remotos del planeta, un
hombre, un gaucho nuestro, se lance a la aventura de unir San Antonio de Areco con
Stalingrado...
—Bueno, señor Ortiz Acosta, yo...
—Un momento, amigo Ochoa, un momento, acá lo dejo con Peñalba, recio pero leal cuevero de
San Lorenzo de Almagro, quien en estos momentos se encuentra lesionado al costado del campo
de juego y a quien ya, ya, nuestro colaborador, Miguel Horacio Cabrini, le coloca los auriculares
y lo deja conversando con usted. Explíquele a él las características de esos dos maravillosos
caballos argentinos que lo están llevando a usted por todos los rincones del mundo proclamando
a los hombres de buena voluntad el firme e indoblegable temple de los jinetes de nuestra tierra.
—Cómo no, señor Ortiz Acosta, pero yo...
—¿Cómo le va, señor Ochoa?
—Bien, bien, yo querría...
—Bueno, acá el partido se ha puesto un poco duro, yo recibí un golpe en la canilla, creo que fue
el trabar con el ocho de ellos, no hubo mala intención, son cosas que suceden en el ardor del
juego...
—Sí, por supuesto, amigo... ehh...
—Peñalba, Eber Virgilio Peñalba.
—Sí, amigo Peñalba, yo no tengo el gusto de haberlo visto jugar a usted porque cuando yo salí
de San Antonio de Areco, hace ya de esto unos...
—¡Ochoa! ¡Don Urbano! Ortiz Acosta le habla... ¿Está muy frío allá?
—¿Acá? Bueno, señor Ortiz Acosta, el problema en estos momentos no es tanto el frío, usted
sabe que...
—Porque yo recuerdo que cuando fuimos con la selección argentina, hace unos años, hacía
realmente mucho pero mucho frío...
—Bueno, sí, es cierto, señor Ortiz Acosta, pero...
—Lo dejo de nuevo con Peñalba, señor Ochoa, explíquele a él, por favor, el efecto que ha
causado ese clima tan duro, tan difícil de sobrellevar, en los dos caballitos argentinos que le
están posibilitando a usted ingresar por la puerta grande de la historia de la hípica nacional.
—¿Cómo le va, señor Ochoa?
—Bien, amigo Peñalba, como le decía al amigo...
—No. No habla Peñalba, yo soy Escudero, el masajista de San Lorenzo. Peñalba ha vuelto a
jugar y me pasó los auriculares...
—Mucho gusto, señor Escudero, yo...
—¡Don Urbano, don Urbano! Ortiz Acosta lo interrumpe, dígame usted con esa proverbial
memoria del criollo de nuestra tierra que lo hace recordar hasta los más mínimos detalles ya
sean históricos o geográficos, y ahí está el ejemplo siempre presente de los baqueanos, yo le
quería preguntar, don Urbano, si usted no recuerda el nombre de aquel zaguero que hiciera
pareja con Alejo Marcial Benítez en Racing, que luego fuera transferido a Atlanta, allá por el
año...
—Bueno, amigo Ortiz Acosta, para serle sincero yo...
—Tal vez estoy abusando de su sapiencia, don Urbano...
—No, lo que pasa es que yo quería contarle algo que...
—¡A ver... ¡Un momentito, don Urbano, un momentito! Creo que ya tenemos comunicación con
Tonopah, en el estado de Nevada, Estados Unidos de Norteamérica. Creo que ya la tenemos. Un
momentito... ¡Sí, sí, adelante señor Santiago Collar desde Tonopah, Estados Unidos de
Norteamérica, adelante!
—Buenas tardes, Ortiz Acosta.
—Buenas tardes, buenas tardes, amigo Collar, aunque para ustedes, calculo debe ser ya de
noche en el gran país del norte! ¡Señor Collar, lo voy a poner en contacto con un gaucho
argentino, un criollo de ley, que en estos momentos está cumpliendo un raid, una verdadera
hazaña a lomo de dos caballos argentinos y que habla con usted desde la ciudad de Petrogrado
en Rusia!
—Cómo no, señor Ortiz Acosta, será un placer para mí y además...
—Atención en Petrogrado, don Urbano Javier Ochoa, lo dejo conversando con el señor Santiago
Collar, un relevante ingeniero argentino que se encuentra trabajando en los yacimientos
carboníferos de Tonopah, Nevada, 150 metros bajo tierra. El ingeniero Collar es presidente de
la “Peña Argentina Amigos de Radio Laboral” agrupación formada totalmente por mineros

compatriotas nuestros que están trabajando allá en esas formidables vetas carboníferas y que
se reúnen religiosamente, don Urbano, para escuchar los encuentros de fútbol que Radio Laboral
les hace llegar hasta las oscuras profundidades del socavón. ¡Adelante, adelante ustedes, señor
Santiago Collar, desde Tonopah!
—¿Cómo le va, señor Ochoa? Es para mí una gran emoción...
—Perdón. Escudero lo escucha, señor Collar, el masajista de San Lorenzo.
—Mucho gusto, señor Escudero, bueno, sería interesante si yo pudiera hablar con el señor
Ochoa, allá en Rusia...
—¡Adelante, señor Ochoa desde Petrogrado, adelante!
—Bueno, amigo Ortiz Acosta, lo que yo quería comentarle desde acá, desde Petrogrado, es que
está sucediendo algo extraño. La gente acá está muy asustada, ha habido varias explosiones
atómicas, han caído misiles sobre muchas ciudades rusas, sa habla de un ataque nuclear
norteamericano, y a decir verdad, señor Ortiz Acosta, yo también estoy bastante asustado, mis
animales están nerviosos, no se sabe bien qué pasa...
—¡Qué pena, don Urbano, qué pena, qué pena que nos da todo esto que usted nos cuenta,
realmente nos aflige como argentinos, esa situación que usted está viviendo ante la
intemperancia que reina en algunas regiones del mundo por las cuales usted está transitando
como verdadero símbolo de paz, tranquilamente!
—Sí, amigo Ortiz Acosta, se dice que el aire está contaminado...
—¡Un momentito, un momentito, don Urbano, que acá avanza River, puede haber peligro, se
van en contraataque el conjunto de la banda roja, entró al área Menegussi, midió, tiró, la pelota
cruza frente a los palos, llega el once, cuidado...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Solo frente a los
palos la quiso reventar y en lugar de tocarla la fusiló sobre la bandeja alta...
—Es de no creer, Ortiz Acosta. Con todo el arco a su disposición, el wing izquierdo millonario la
tiró a cualquier parte. Lo habíamos dicho.
—¡No quiera creer usted el gol que perdió Cattamarancio, amigo Collar, allá en Estados Unidos!
¡Adelante usted!
—Gracias Ortiz Acosta, yo quería aprovechar la posibilidad que tan gentilmente nos brinda su
emisora, porque aquí a mi lado se encuentra ni más ni menos que el presidente de los Estados
Unidos de Norteamérica. Acá está sucediendo algo terrible, señor Ortiz Acosta, ha habido un
ataque nuclear soviético, muchas de las grandes ciudades están destruidas, el presidente de los
Estados Unidos, junto a algunos otros hombres de gobierno, se ha refugiado acá, junto a
nosotros, bajo tierra, y me piden, dado que todos los otros medios de comunicación parecen
estar inutilizados, si aprovechando la presencia de don Urbano en Rusia, no se podría hablar con
Moscú y resolver esto, que parece haber sido un gran error.
—Por supuesto, no habrá problemas, señor Collar. Dígale al presidente que espere un
momentito, enseguida estamos con él... ¡Cabrini!
—¡Un esplandor de frescura en la garganta “Marcador” el masticable que se anotó un golazo en
el gusto del hincha argentino! ¡“Marcador” quita la sed, quita las ganas de fumar, baja la presión
arterial!
—Enseguida estamos con el ingeniero Collar y el presidente de los Estados Unidos, apenas
venga este tiro de esquina, una de las últimas posibilidades de empatar para la divisa azulgrana.
¡Qué pena, qué pena esto que nos cuentan tanto el ingeniero Collar como don Urbano Javier
Ochoa desde el exterior!
¡Cómo hubiésemos querido no tener que escuchar estas cosas, estas muestras de intemperancia!
¡Tal vez así sepamos apreciar un poco más, señores, lo que estamos viviendo acá, en cancha de
River, una verdadera fiesta popular en un marco de corrección y tranquilidad que no siempre
sabemos valorar en la medida que se merece...
—¡Señor Ortiz Acosta, señor Ortiz Acosta! ¡Collar lo llama, por favor, Ortiz Acosta...
—Un momentito, amigo Collar, un momentito, viene el corner, ya lo vamos a conectar con
Rusia, veremos la posibilidad de contactar a ambos presidentes, sería muy interesante una
charla entre los presidentes de ambas instituciones, no sabemos si habrá tiempo porque acá
sigue el partido a ritmo vertiginoso y la acendrada rivalidad de este clásico de todos los tiempos
es un tema excluyente de cualquier otro, máxime cuando se trata de hechos tan desagradables
como los que nos han contado, va a venir el corner, atención, en todo caso grabamos la emisión
desde los EE.UU. y la pasamos mañana en nuestra polémica de los lunes, entra Marcilla...
—¡Ortiz Acosta, Ortiz Acosta!
—Sube también Julio Jorge Tolesco, hay un micrófono de campo abierto, es la última
oportunidad quizás para San Lorenzo, vamos muchachos, se está poniendo muy fea la tarde, el

cielo se ha puesto de un extraño color verde, un verde que nos hace acordar que tenemos un
llamado desde cancha de Ferro, atención Ferro, cuando venga el corner estamos con ustedes,
viene el corner, entra Tolesco, salta Cattamarancio...


14 - El monito



a Osvaldo Ardizzone


Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite que no es vergüenza llorar cuando las lágrimas tienen la pureza recóndita de aquello que llega desde el corazón que no quiere aflojar ante terceros. Tal vez, pibe, tal vez Monito, son las mismas lágrimas que, años atrás, no tantos quizás, usted tuvo que enjugar con el revés de la mano sucia de tierra en el fondo de la casita del patio con geranios y malvones de barrio Arroyito. Tal vez son las mismas lágrimas vertidas por la rabia, la impotencia, la vergüenza, ante el coscorrón justiciero de su viejita laburante cuando usted no llegaba a la hora establecida para tomar la leche.
¿Cómo iba a entender su madre, Monito, aquel cariño entrañable por la pelota de fútbol, que lo mantenía lejos de la casa, demorado,en ese romance infantil con la de cuero, en los yuyales sabios del campito que no sabía de redes ni de cal, tras de la vía? ¿Cómo podía entender su viejo, pibe, su viejo, don Telmo, el genovés terco de canzonetta y nostalgia, su noviazgo purrete con la de gajos y ese lenguaje dulcemente nuestro de los túneles, la pisada, el chanfle, los taquitos y la rabona? Porque no era, no, una piba quinceañera, rubia y pizpireta, de ojos celestes como los de la pulpera de Santa Lucía, lo que a usted le impedía volver en el horario, a gritos reclamado por su madre. No era, no, Monito, el despertar púber del primer amor enredado en los últimos giros de un trompo o en la galleta enojo sa del hilo de un barrilete, el que lo hacía terminar los deberes de la escuela a las corridas y escapar luego, gorrión ansioso, pájaro encendido, hacia la complicidad abierta de la calle, el griterío alborozado de los pibes y el llamado seductor de un taconeo. No Monito, lo suyo era más simple, como son simples las cosas que nacen del corazón y eluden las frías especulaciones de la mente. No. Lo suyo era tan sólo la caricia tierna de la capellada de su botín zurdo en la pelota, el toque, la volea, la suela que aprieta el fútbol indócil y lo convence, lo persuade, lo amaestra. Lo suyo era el amague, el pique corto, el freno seco, y el pecho amigo para que allí se durmiera la bella amada cuando caía desde el cielo como un globo cansado de volar sin rumbo cierto. ¡Mire qué fácil, pibe, que era aquello! De la misma forma en que el amor, el puro amor, se presenta, florece y crece como una flor nocturna, como un clavel del aire brotado en la luminosidad escasa de un pasillo, así creció en usted el sortilegio. Nadie le enseñó, como no se enseña el dolor ni la paciencia, ni se sabe de dónde surge el gusto por silbar o el de hablar bajo. Usted ya lo traía impreso, se lo digo, quizás desde el fondo de la historia de ese barrio que ha visto nacer a tantos ídolos y guarda en el aire la vibración, el eco, el reverbero de mil goles gritados en la tarde, atronando el cemento, quebrando la quieta y asombrada calma de su río. O lo aprendió como se aprenden estas cosas, mirando a los demás, tratando de atrapar con ojos asombrados el misterio metafísico del chanfle, la secreta ley física que hace que el balón vaya hacia allá y dé una vuelta. Por eso, por todo eso, pibe, no se inquiete si lo ven aflojar y su mirada se empaña como el cristal de una ventana cuando recibe el tamborileo sonoro de la lluvia. No. Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite.
Así lo soñó usted tal vez, un día, allá, aferrado a la alomhada confidente de su cama, en la casita del patio con geranios y malvones, alguna de esas noches de verano cuando el calor aprieta y el sueño viene:
Ya está el mago de varita presta. Ya está el ilusionista sutil que hace creer en cosas que no existen y miente que en el dorso de su mano se ocultan pañuelos, palomas y barajas. Está en el medio de la cancha y su eterna enamorada, la pelota, parece que se ha ido y está inmóvil, simula emprender vuelo y no se aleja, o bien hace creer que se le escapa pero vuelve bajo la presión apenas ruda de la suela. Ahora el estadio enmudece, el mago muestra el juego. El Monito arranca y empieza el toque, el pelotazo sabio, el amague que argumenta una cosa y dice otra. De la zurda precisa del insider brotan conejos, luces multicolores, toques lujosos, las dos cortas sabidas y una larga, la cabeza alta, el ojo inquieto. El público se deleita. Ya la metió de nuevo bajo el pie, la mostró, “ahí la tenés, es tuya” ha dicho, pero no está más, la sacó, la puso en otro lado, la cambió de lugar, la amarreteó de nuevo. Allá está el compañero, el wing derecho, no lo ha visto, pero gira y le pone el pelotazo desde cuarenta metros, en el pecho. Sólo faltan los clarines, los clarines, las fanfarrias, el galope incesante de los corceles blancos girando en torno de la cancha y las ecuyères de pie sobre sus ancas.
Así lo soñó usted, tal vez, un día, Monito. Ya el espectáculo termina y, a pesar de la magia del insider, a pesar de sus moñas y regates, pibe, a pesar de las cuatro pelotas de gol que usted puso en los pies del centrofoward, el partido se agosta en la chatura aburrida del empate. Pero faltaba, nomás, la carcajada. El cierre magistral, la pincelada justa que el artista deposita por fin sobre la tela e ilumina el azul, aviva grises y ruboriza la macilencia de los sepias. Faltaba nomás, la carcajada. Ese balón que llega de atrás, como un balazo. El pecho receptor del entreala tan afecto a refrenar, mullido, el rebote previsto de la bola. Ya empieza la danza, el giro sobre un pie para enfrenta el arco y el resbalar mansamente de la globa del pecho a la rodilla y de allí al suelo. Allí, en la temible ferocidad del área, allí, donde la puerta de las dieciocho se convierte en muralla pertrechada, donde hay piernas, codos, tapones alevosos y guadaña, allí la puso en el piso el entreala. Allí, en esa media luna, en lo que algunos llaman la empanada, allí donde uno se olvida de la novia, del primer amor, de lo aprendido en la'escuela, de la Vieja, “vení conmigo” le dijo el Monito a su amiga del alma. Y se metió en el área con pelota dominada.
No sé si hubo un caño o fueron cuatro. Quebró la cintura, pisó el cuero, pareció en un momento que pateaba, se le vinieron dos, se cerró el cuatro pero el Monito la llevaba atada.
Tal vez ya no me acuerdo, decime vos si miento, pero quedó frente al arquero y la puso en un rincón, de cachetada. No el cachetazo mordaz, el del reproche, sino el empujón cordial, el que te aprueba, la palmada que se le da a un pibe y se le dice “cruzá que yo te miro”. La pelota entró pidiendo permiso y ni tocó la red de puro cauta. Luego, el pibe se fue hasta su tribuna y adentro de su puño apretó el gol, lo abrió de golpe y fue otra vez paloma y carcajada.
Llore Monito. Así lo soñó usted tal vez un día, en la casa de malvones y geranios del barrio Arroyito. Y se quedó en sueño nomás, no se dio nunca.
—¡Tan bueno que parecía de purrete! Nunca llegó a jugar ni en la tercera. Y en el equipo que se arma en la oficina a veces lo ponen un rato y otras, nada. Está gordo, pibe, algo pelado. Y me han dicho que ni va a la cancha. 


15 - ENTRE LAS CAÑAS

El dos de ellos, el de bigotes, tremendo hijo de puta, le pe­gó para arriba como para perderla. Se escuchó el ruido de la pelota atravesando las ramas altas de los eucaliptos y el Ta­lo rogó que no quedara de nuevo trabada allí, como en el pri­mer tiempo, cuando tuvieron que bajarla a cascotazos. Pero enseguida la vio continuando su vuelo como un cometa, por detrás de los árboles, hacia los cañaverales junto al terra­plén de la vía. Allí sí, la perdió definitivamente, pero él ya co­rría desesperado hacia el lugar, puteando como un desespera­do. “¡La hora, la hora referí!”, oyó gritar al mismo guampudo del dos de ellos, apoyado por otros jugadores, los suplentes y el gordo insoportable del delegado que preguntaba a los ala­ridos: “¿Hasta cuándo vamos a jugar, viejo?”.
—¡Búscala, Néstor, búscala! —pidió ayuda el Talo, de­sencajado, saltando por sobre la zanja, cruzando como una luz bajo los eucaliptos en dirección al bosque de cañaverales de casi tres metros de alto que bordeaban el terraplén. Pero Néstor no contestó, estaba agachado, aprovechando el mo­mento de descanso, atándose los cordones como si el asunto mucho no le importara. El Talo quiso putearlo pero no le sa­lió ningún sonido de los labios. Comprendió que su cerebro había dejado prácticamente de funcionar. Mientras zigza­gueaba entre los autos que habían dejado estacionados bajo los árboles, mientras medía los casi treinta metros que aún lo separaban de los cañaverales, mientras escuchaba a sus espaldas la voz aguda de Belfa reclamando, solidario, “¡Pe­lota, referí!”, dedujo que la sangre ya no le llegaba a la ca­beza y que sólo se le apelotonaba, confusa e hirviente, en las venas del cuello que parecían querer reventar bajo la piel empapada de sudor. Cagón de mierda el Néstor, maricona- zo. Cuando no se estaba atando los cordones de los botines, se estaba arreglando el doblez de las medias o levantando los puños de la camiseta. Y siempre las manitos tipo conejo, recogidas cerca de los pectorales, el andar fino, el toque ba­jo con el empeine.
—Es un habilidoso, Talo —le había insistido Patota, son­riendo, medio para empujarlo, la noche del asado.
—Gonca, querido, gonca. Cagonazo de mierda —no se de­jaba convencer el Talo, aprovechando que Néstor era uno de los pocos que no había podido ir a la reunión—. Así pone la patita —y el Talo ponía su mano derecha como si tratara de proyectar sobre una pared la sombra de la cabeza de un pato con el pico hacia abajo—. Andá a cagar.
Los otros se reían. Especialmente el Bochón, que nunca hablaba.
—Es distinto, Talo. Es distinto —seguía Patota, con pa­ciencia.
—¿Distinto por qué? ¿Me querés decir por qué es distinto?
Patota adoptó, a propósito, un tono de exagerada superio­ridad.
—Escuchá, Talo —pidió—. Voy a tratar de explicarte en palabras que incluso un tipo como vos pueda llegar a enten­der.
—Claro, yo no soy abogado... —aflojó Talo, meneando la cabeza, risueño.
—Escuchen, che —generalizó Patota, inclinándose sobre la larga mesa y mirando hacia ambos extremos—, que des­pués no se los voy a repetir... Oíme, Talo... Oíme... El habili­doso va a la pelota en disputa con otra idea en el bocho, dife­rente a la idea con la que va el picapiedra, con la que va el defensor que simplemente quiere sacar esa pelota, interrum­pir el juego...
Se había hecho un silencio importante. Quizás porque ya había algo de sueño en el grupo, quizás porque les había en­trado el sopor posterior a las comidas, tal vez porque la de Pa­tota era una opinión respetada, de analista del fútbol, acep­tada incluso por el mismo Talo, no muy fácil de persuadir en las discusiones o en el campo de juego mismo.
—El habilidoso, el tipo de talento —siguió Patota, conscien­te del silencio que había logrado— va a la pelota en disputa con la idea de llegar una fracción de segundo antes, tocarla con la punta del botín, hacer pasar de largo al defensor y llevársela jugando. Con esa idea va el habilidoso. No se le pasa por la ca­beza trabar, ganar la pelota por fuerza. Por eso va con el pieci- to, como decís vos, animalito... -—lo miraba fijamente al Talo, sentado casi frente a él—, así, porque él piensa en llegar antes y pirarse con la pelota. En cambio, el defensor va con la idea de cortar el juego, de sacarla, de tirarla a la remismísima mierda, le importa un sorete que la pelota le quede a él, le quede a uno de su equipo o que se vaya afuera. Entonces, no va con la pun- tita del botín, a él le da lo mismo llegar una fracción de segun­do antes que el habilidoso, al mismo tiempo que el habilidoso, o una fracción de segundo después que el habilidoso. El defen­sor va con las piernas, con los codos, con las rodillas, con el cu­lo, con la cabeza, con lo que sea con tal de sacar la pelota, de cor­tar el juego. Entonces, cuando el habilidoso llega esa fracción de segundo antes a la pelota, la engancha con la puntita del pie y se la lleva y le hace arrastrar al otro el orto por el pasto catorce metros, todos gritamos: “¡Bien, qué bárbaro, mago, genio, maes­tro!”. Incluso vos, hijo de puta... —Patota señalaba al Talo con un dedo acusador.— Pero, en cambio, si el habilidoso llega al mismo tiempo o un poco después que el cavernícola del defen­sor... ¡Ala mierda! El defensor lo barre, lo barre y se la saca, por­que va con otra fuerza, con otra idea, con otra determinación. Entonces vos, vos y todos estos hijos de puta —ahora Patota in­volucró al resto del plantel— le gritan: “¡Cagón, pone la gamba, pelotudo, mariquita!”.
—¿Y vos no le gritás?
—Yo también. —Patota se tumbó sobre el Mono, golpeó con la palma de la mano en la mesa haciendo oscilar el vino de los vasos y se mató de risa.— No, yo no ——dijo después, re­compuesto y cuando aún los demás se seguían riendo—. Yo muero con la mía. Soy ñel a mis principios.
—Es cagón, Patota —insistió el Talo, pétreo—. El Néstor es cagón. Juega bien, es habilidoso y todo lo que vos quieras, es muy buen muchacho y yo lo quiero mucho, pero que juegue pa­ra los otros.
—¿Por qué te pensás... —Patota comprendió que toda su prédica había caído en el vacío— que de todos los habilidosos se ha dicho que son cagones? Siempre lo mismo. Los ignoran­tes como vos, como ustedes, siempre han dicho: “Sí... Fulani- to es muy hábil, la rompe, la hace de goma, pero... —Patota abría y cerraba los dedos de su mano derecha vuelta hacia arriba como demostrando algo que latía— es cagón, es muy cagón...”. Siempre se ha dicho, Talo.
—Dejame, Patota —negó Talo—. Yo quiero ganar. Yo quie­ro ganar.
—Yo también —se anotó Norberto, que tampoco sentía de­masiada simpatía por Néstor.
—Son tipos individualistas, querido —se metió, además, Pichicua—, Piensan en ellos, nada más.
-—Mirá vos —marcó el Talo—. Nosotros no nos reunimos en la puta vida. Hoy, que hacemos un asado porque llegamos a la final, él no viene.
—Tenía que viajar, Talo —se ofuscó Patota.
—Sí, tenía que viajar —refrendó, desde la cabecera, Amoldo.
Talo había terminado de plegar cuidadosamente un trozo que había cortado del papel que hacía las veces de mantel, había formado con él un conito chato de punta aguda y se es­carbaba con eso, ahora, los intersticios de las muelas. Siguió meneando por un rato largo la cabeza, produciendo una serie de chistidos al absorber aire entre los labios para apresurar la limpieza.
—Cagón, hermano. Cagón.
Y, sin embargo, el Néstor había metido los dos goles. De un rebote el primero y luego de hacer una pausa infinita el se­gando, propia de un tipo que podía conservar la mente fría en una final y dentro de los borbollones criminales del área.
—¡Más allá, más a tu derecha! —Talo escuchó que le gri­taba el Mono. El Mono también había salido disparado detrás de la pelota que se escapaba, como un satélite, lejos de la can­cha. Y también el Perita, que casi sentó de culo a uno de la barra que alentaba a los otros y que se interponía en su ca­mino. Casi le pegan al Perita, porque los de afuera eran más temibles que los de adentro, gente de los rancheríos que ro­deaban la cancha, laburantes del frigorífico, que siempre se acercaban a ver los partidos en la canchila de Las Quebradas, tomando mate, escuchando los partidos de la B, y que se ha­bían pasado el partido cargándolo al petiso y puteándolo de la madre al Talo. Al Talo, que se había zambullido ya entre las cañas, desesperado, consciente de que el referí no iba a agre­gar más de uno o dos minutos a un partido que iba por los 44, tres a dos para los locales, bajo la presión de los jugadores de Saavedra que se tiraban al suelo por cualquier cosa y el apriete de los de afuera que ya un par de veces se habían me­tido en la cancha para festejar el final simulando confundir la sanción de un foul con el pitazo definitivo.
—¿Qué más quiere que haga, señor? —le había pregunta­do, altivo, el árbitro al Talo, cuando éste le reclamó más seve­ridad con el Pulenta, el nueve de ellos que se retorcía en el pi­so como si lo hubiese picado una yarará. El Talo sabía que el árbitro, con esa pregunta, no sólo se refería a la tarjeta ama­rilla con que ya había sancionado al delantero por simular, si­no también le recordaba el penal que les diera cuando ellos iban ganando dos a uno y que el mismo Talo tiró a la mierda cuando, allí mismo, podía haber liquidado el partido. La ima­gen de esa pelota huyendo, imbécil, hacia la altura, por enci­ma del travesaño, volvió como una puñalada ardiente a la me­moria del Talo mientras apartaba las cañas como un poseso, buscando la pelota. Sabía que esa imagen del arquero con los brazos en alto y festejando, los saltos de ellos, las manos del mariconazo del Néstor agarrándose la cabeza y la sensación de que algo tumultuoso se le derrumbaba desde el tórax hacia los testículos, lo perseguirían inflexibles durante días, sema­nas, meses y tai vez, años. No podía creer, no podía aceptar, no le entraba en la cabeza, que fueran perdiendo tres a dos ese partido que ganaban dos a cero. Si hasta sus propios compañeros, el Patota, el Flaco, Belía, el Pichicua, se habían apurado para rescatar la pelota, en el primer tiempo, cuando el once de ellos, al que le decían “Platiní”, la perdió en el eu­calipto. Podían haber dejado que se ocuparan ellos, pero el partido venía en apariencia tan fácil que no modificaba na­da ser cordiales. Primero había sido el Flaco el que intentó un par de veces desencajar la pelota de esa rama en horque­ta mediante otra pelota, una pelota chota que tenía uno de los negritos que merodeaban por el barrio, pero no le acertó. Después fue el Patota, junto al cuatro de ellos, que se pasa­ron como cinco minutos tirando piedras hacia arriba —esta­ba como a cinco metros la pelota— ante la mirada atenta del referí y del resto de los jugadores. Por último, uno de los gro- nes del caserío cercano —“adiestrado en hacer puntería en faroles o en las ventanillas del tren Estrella del Norte”, había di­cho Norberto en la alegría exultante del medio tiempo—• fue el que logró destrabar la pelota aquella, que cayó rebotando en otras ramas entre reclamos estentóreos hacia el árbitro por diez minutos de alargue.
—Estaban muertos, la puta que lo parió. Muertos, estaban —prácticamente sollozaba el Talo, fuera de sí, sintiendo en las pantorrillas descubiertas por las medias bajas, en los muslos y en los brazos, el cortajeo filoso del cañaveral. Lo ma­reaba esa multitud de cañas verticales, iguales, idénticas e interminables, que le impedían ver a más de medio metro. A su izquierda escuchaba el zarandeo y las pisadas enérgicas del Patota que también se había zambullido como el Mono en la espesura.
—¿La encontraste? ¿La encontraste? —gritó el Talo, ilusio­nado, los ojos al cielo, oyendo que Patota puteaba más fuerte.
—¡No! ¡Está lleno de moscas esto!
—¡Búscala, boludo, no le des bola a las moscas!
Si el Talo metía ese penal se acababa el partido. Tres a uno arriba y se terminaba la joda. “¡Si ya habían empezado a pe­learse entre ellos!”, jadeaba Talo.
¿Estaban seguros de que la pelota había caído entre los ca­ñaverales? ¿O se habría ido mucho más allá, pasando el te­rraplén, detrás de la vía? “¡Yo la vi caer, yo la vi caer —refren­dó el Mono— está por acá nomás!”
¡Los invencibles de Saavedra, los que se morfaban a los chicos crudos, los grones de la quebrada, se estaban comien­do un zaino de novela en el primer tiempo, no la podían aga­rrar ni con un gancho, querido!
No habían pasado más de tres minutos de búsqueda, pero para Talo era una eternidad. Justo cuando los tenían a ellos bajo los palos y el empate podía venir en cualquier momento. Apartaba cañas con fuerza descontrolada y sentía que todo su cuerpo era una brasa, entre la calentura propia de la derrota y el sol incandescente de finales de diciembre. Ellos no eran un gran equipo, pensaba Talo, buscando algo de saliva para escu­pir. El año pasado todavía, cuando jugaban el Pelusa ese, el Po­laco y el Galleguito, cuando le habían metido once goles al Mo­no entre los dos partidos. Pero este año, sin el Pelusa, sin el Huevo y con ese Platiní lesionado, eran como cualquiera. Dije­ra lo que dijera Norberto,
.—Vos querés ir contra la Historia, Talo —le había dicho Norberto una noche en que celebraban el cumpleaños del Ne­ne. Norberto no era de hablar mucho. Jugaba al fútbol, inclu­so, como al pasar. Iba siempre, sí, cumplía, ponía lo suyo, pe­ro sin apasionarse. No conocía casi nunca a los rivales, ni se alegraba demasiado por las victorias, ni se amargaba mucho por las derrotas. El torneo era, para él, un programa amable de los sábados a la tarde, pero nunca comentaba los partidos de primera que daban por televisión ni armaba programas para ir a la cancha. Es más, no se sabía si era de Central o de Nuls. Patota decía que lo había escuchado decir una vez que era simpatizante de Banfield. Y se mezclaba en las conversa­ciones de antes de los partidos sólo cuando, extrañamente, se referían a problemas del país o a conflictos mundiales. Talo, no obstante, lo respetaba, porque a la hora de meter, metía, callado pero eficiente. Y lo quería, también, porque, como de­cía el Bochón, era más bueno que el Quáker.
—¿Por qué? —preguntó Talo, un poco achispado por el champán.
—Talo... mirá... —le señaló en derredor Norberto—Mirá esta reunión. Estamos en un departamento céntrico, ¿no?.. Vos estás tomando champán, los muchachos también... Antes comimos muy bien, con vino del bueno, entrada fría, postre helado y todos los chiches... El ambiente es agradable, hay ca­lefacción central, hay luz eléctrica, hay agua corriente... Vos estás empilchado de primera...
—No tanto, Norberto. Tampoco exageremos —sonrió Talo. A su lado, Patota terminaba con un pedazo de torta.
—Me parece que te quiere coger, Talo —le advirtió Patota, tocándole el codo.
—No te voy a decir que es el jet-set... —continuó Norberto, impertérrito— pero el nivel es bueno, del tipo de los comer­ciales de Gancia. Muy bien, Talo... La última vez que fuimos a jugar contra Saavedra, ¿cuándo fue?
—No me hagás acordar. Ya me había olvidado de la calen­tura. Nunca me había comido ocho.
—¿Cómo fuimos? En auto. Fuimos catorce o quince tipos a jugar y ¿en cuántos autos fuimos hasta allá desde el centro?
—Ocho, nueve autos —se anotó Patota, serio.
—Nueve autos, Patota -—corroboró Norberto—. Nueve. Los conté, antes de empezar el partido. Ellos, los morochos, salían de las zanjas, Talo. O cruzaban la calle. Desde las casitas de alrededor de la cancha. Venían ya cambiados, con los botines en la mano, en cuero, desde las casas que quedaban enfrente. Los que vivían más lejos venían en bicicleta, los botines colga­dos del cuello... —Norberto dejó arriba de un mueble la copa que tenía en la mano para tener mayor capacidad de expre­sión. Juntó las dos manos frente al pecho con las puntas de los dedos unidas hacia arriba y las sacudió con energía—, ¿Y vos todavía pretendés ganarles, Talo? ¿Vos todavía tenés la ilusión de ganarles?
—¿Qué carajo tiene que ver todo eso, Norber? —se echó hacia atrás, fastidiado, Talo—. ¿Qué tiene que ver?
—¿Qué tiene que ver? Vos querés ir contra la Historia, Talo... Vos querés tener el autito nuevo, el champán, el po­llo a la naranja... —Norberto enumeraba cada cosa tomándo­se un dedo alternativamente con la otra mano y mostrándolo a Talo—, el postre helado, el vino fino y las pilchas caras y además, y además, querés ganarle a los de Saavedra.
Norberto se reía.
—-Nos ganan porque nos echan a Pichicua, Norberto —ex­clamó Talo—. Por eso nos ganan. Ahí, entonces, se les hizo fácil.
—Nos van a hacer siempre ocho como nos hicieron esa vez. Talo. Compréndelo. No es un problema de si nos echaron a uno o a otro. Es un problema de coherencia histórica, Talo...
—No es así. No es así...—no se doblegaba el Talo, pensa­tivo.
—Es la única revancha que tienen contra nosotros, Talo —siguió Norberto—. El fútbol es la única posibilidad que tie­nen de superarnos, de ganarnos y de gozarnos. Entendelo. Ahí adentro de la cancha no hay autos, ni champán ni pilcha que valga. Todos en camiseta y en pantaloncitos, Talo, y se acabó. La ventaja que no te pueden sacar socialmente, o en el trabajo, por lo desparejo del estrato social, te la sacan en la cancha...
—Ahora me sale con planteos socialistas... —se rió el Ta­lo, buscando complicidad en Patota. También el Nene se ha­bía acercado, sirviendo más bebida a los del grupo—. Oíme —retomó el Talo—. Si ese Gallego, el nueve, tiene una go- mería que saca mucha más mosca que yo y que vos juntos, seguro.
—Te digo en términos generales, Talo —se encogió de hombros, Norberto—. Pero, creéme, no les vas a ganar...
—Y además, si les ganás, te cogen —se rió el Nene a car­cajadas.
—No es para tanto, Nene —negó el Talo.
—O te cagan a trompadas.
—No es para tanto. Con nosotros nunca ha habido proble­mas. Y ya jugamos como seis veces. Yo veo que los otros equi­pos lo quieren echar a Saavedra de la Liga. Pero con nosotros nunca ha habido problemas.
—¿Sabes por qué con nosotros nunca ha habido proble­mas, Talo? —lo llamó a la reflexión Patota, doctoral. Talo lo miró, inquisitivo—. Porque nosotros nunca les hemos ganado, querido. Siempre nos han hecho la boleta, fácil. Pero esperá que le vayamos ganando algún partido algún día... y después contámela. Te cagan a patadas, Talo. Son terribles.
—No es así, Patota. No es así...
En eso pensaba el Talo esa tarde, cuando llegaron a la can­cha antes de la final. Pero sabía, tenía la convicción de que en ese partido cambiaría el curso indefectible de la Historia que mencionaba Norberto. Su Olimpo había armado un buen equi­po, había abandonado el sempiterno papel de partenaire nave­gando de la mitad de la tabla para abajo y Talo estaba dis­puesto a dejar la vida en la cancha aunque fuese Saavedra quien estuviese enfrente y a pesar de los grupitos de morocho- nes sarcásticos y presumiblemente violentos que se habían acercado a alentar a los locales.
—Son muy pesados, Mono —los estudiaba de reojo, disi­muladamente, el Perita mientras se vendaba los pies, senta­do sobre el pasto alto cercano a la zanja y entre los coches es­tacionados.
—Pesados las pelotas —alentó el Talo, metiéndose en la conversación—-. Al primero que me diga algo, salgo y lo cago a trompadas.
—No, de veras, Talo —insistió Patota—. Es una zona jodi­da. Dos por tres sale en el diario que hicieron cagar a alguien.
—Y, oíme —reclamó atención el Nene, poniéndose los pan- taloncitos—, hace un par de meses... ¿No salió en el diario que habían hecho cagar a toda una familia? Por acá nomás, a dos o tres cuadras de acá debe haber sido...
—Sí, sí, me acuerdo —dijo Norberto.
—¿Un par de meses? —Patota apareció, irónico, desde atrás de un auto adonde se había escondido para orinar. Se hacía un lazo ahora con las cintitas que ajustaban la cintura del pantalón—. Ayer, boludo... Salió hoy en el diario...
—Estás en pedo —gritó el Nene—. Lo de la familia fue ha­ce como dos meses.
—Te digo que ayer —corrigió Patota— hubo una denuncia por otra pelotera. Parece que hicieron cagar a un tipo y lo hi­cieron desaparecer. A un enfermero, o a un tipo de un dispen­sario, algo así. No leí bien.
—Si vos no sabes leer—se rió, ruidoso, el Nene.
—Se lo comieron —dijo el Talo, ya harto. Patota lo miró, el ceño fruncido-— Se lo comieron. Son caníbales... ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre!... No se presenten a jugar si tienen tanto cagazo, viejo.
-Te digo nomás, Talo—pareció disculparse Patota.
-Salgan y jueguen, querido —bufó el Talo—. Cuando los apurás, arrugan como cualquiera.
Y había tenido razón el Talo. Saavedra terminaba el par­tido tirando la pelota afuera sin el más mínimo decoro ni vergüenza.Tanto que había desaparecido en los cañaverales. Y el Talo les pegaba trompadas y patadas a las cañas, despejan­do la zona, tal vez para desahogarse de paso de la bronca que la hacía hervir la sangre y para olvidar esa visión apocalípti­ca de la pelota yéndose a las nubes en el penal.
—¿La encontraste, Talo? —oyó gritar al Mono.
—¡ No!
—¡Voy a pasar detrás del terraplén! —avisó el Mono—, ¡Por ahí o de largo!
Talo no tuvo voluntad para contradecirlo. Seguía embis­tiendo contra las cañas, buscando alcanzar el milagro de vis­lumbrar algún manchón blanco de la pelota en ese bosque. Y entonces lo vio. Un plano blanco entre las cañas, a un metro de sus pies.
—¡Hija de puta! —aulló. Arrancó hacia el lugar como un búfalo. Imaginó que volvía corriendo hacia la cancha con e. cuero bajo el brazo. Le diría al Perita que sacara el lateral, que se la diera atrás a Norberto, y que Norberto le pegara derecho viejo al medio del área desde cuarenta metros. Y él iría con los demás en la última carga, al ataque todos, con el odio de la frustración empujándolo desde atrás. Saltaría, empujaría, arañaría, se apoyaría en los contrarios, se tre­paría por los hombros del arquero pero por Dios y la Virgen y sus propios hijos que llegaría a meter un cabezazo formi­dable para romper la red y ganarle definitivamente a esos negros de mierda. Iba a gritar el gol dentro del arco, hasta eviscerarse, hasta romperse una a una las cuerdas vocales.
Apartó las últimas cañas y lo vio. Un cuerpo caído, boca abajo, las mascas zumbando, locas, sobre la espalda de la cha­quetilla blanca. Olió un olor fuerte y espantoso. Un pegote os­curo en la cabeza del caído. Otro pegote lacre, como pintura seca, junto a la boca en la cara torcida. Y al lado, como un pe­rro fiel, la pelota. Talo pasó un pie sobre el cadáver, contuvo .a respiración, y se inclinó para tomar la Tango. Se hizo de ella y volvió sobre sus pasos, derribando cuanta caña se cruzó a su paso. Corrió hacia la cancha gritando: “¡Vamos! ¡Va­mos carajo! ¡Sacá vos, Perita!”.
Quince minutos después, tirado entre los autos, aún ja­deante, llorosos los ojos por la picazón intensa de la transpira­ban que le caía de las cejas pobladas, observando ya un poco más tranquilo el festejo de los de Saavedra, el Talo compren­do que por más que pasaran los años, los años de los años, nunca se borraría esa imagen terrible de su memoria: aque­lla pelota subiendo, subiendo, y yéndose bastante arriba del travesaño.

16 - ALGO LE DICE FALERO A SALIADARRÉ

Algo le dice el Muñeco a Batistuta...” Víctor Hugo Morales

¡Lo tocan a Pedraza cuando enfilaba hacia el área y hay ti­ro libre de enorme riesgo para el arco defendido por Meroni! ¡Dejó a un hombre, a dos, a tres Pedraza en su camino y fue Jastreb el que lo tocó de atrás y ahora, cuando falta apenas un minuto para terminar un partido que gana el local dos a uno, el equipo visitante tiene la posibilidad, la chance, la oca­sión propicia para alcanzar la paridad y llevarse un empate de oro para Avellaneda! Protestan los hombres de River arre­molinados en torno a Daniel Cucciola pero el foul fue muy clarito y lo único que pueden llegar a conseguir los mucha­chos del Profesor Valdivia es que el árbitro, que no ha tenido un desempeño muy lucido hasta ahora, enarbole en cualquier momento otra tarjeta roja como la que elevara sobre su cabe­za en el primer tiempo para dejar afuera del partido a Silvio Altomare por agarrar de la camiseta a Rivas... ¡Qué momen­to, señores! ¡Qué tensión inenarrable se vive en el estadio Mo­numental de Núñez frente a esta alternativa del juego que puede definir un partido que ha sido muy parejo hasta el mo­mento! ¡Ahí está Meroni, el muchacho de Pago Largo —el Ti­to Meroni que salvara más de cuatro veces su valla en crucia­les mano a mano frente a los ágiles visitantes durante la primera etapa— gritando exasperado desde su marco, apoya­do en uno de los postes procurando ordenar la barrera! ¡Ruge ahora la parcialidad de la visita, que en buen número se ha llegado hasta Núñez, soñando ya con que esa pelota postrera se incruste de una buena vez por todas en las enredaderas trepadoras del arco de River Píate! ¡Silenciosa, en cambio, la tribuna local, rezando, orando, encomendándose a Dios todo­poderoso en este trance dramático que los duendes del fútbol le han dictado vivir cuando ya parecía que tenían los tres puntos en casa! ¡Se ha nublado la tarde sobre el Monumental y por lo tanto ya no hace visera con las manos Meroni para otear el posible rumbo que puede describir esa pelota desde el punto de ejecución! ¡Pero la sombra oscura de esa nube pa­rece ser un presagio, señores, un mal augurio, un designio trágico del destino para con los muchachos de la banda roja que ven ahora aproximarse a los Cuatro Jinetes del Apocalip­sis ante la perspectiva de un empate que sería nefasto para sus chances de campeonar! ¡Se vino la noche, señores! ¡Per­sisten los tironeos y los forcejeos con la barrera, queridos amigos radioescuchas! Daniel Cucciola lucha y se desangra procurando hacer retroceder a ese vallado terco que pugna por adelantarse. Allí están, mezclados entre los hombres lo­cales que integran el muro de contención, Espina y el Tero Cazzo, procurando dificultar la vista, la imagen, el campo vi­sual de un Meroni que se me antoja más nervioso que nunca, gritando hasta desgañitarse aferrado a su palo izquierdo. ¡Hay amarilla para Erezuma! ¡Hay amarilla para el Nacho Erezuma! Se los anticipaba, mis amigos. Si los muchachos ri- verplatenses no aflojan con sus protestas puede ir a parar al­guno afuera... ¡Y se gana la roja Erezuma! Tontamente, tor­pemente se hace expulsar bajo una rechifla generalizada de todo el estadio. Hay mucho nervio, estimados amantes del ba­lompié. Ahora ya la barrera ha tomado su lugar casi sobre el punto mismo del penal, lo que les indica a ustedes lo riesgo­so que es este tiro libre, apenas medio metro afuera del área grande, posición de un ocho, ideal para un zurdo que le dé por sobre la barrera o bien para que Niky Fernández le pegue con ese cañón que tiene en su pierna derecha apuntando al entre­cejo exacto del arquero como para dejar servido un rebote a la voracidad goleadora de un Pelusa Entreconti, por ejemplo. Ahí está Tucho Saliadarré frente a la pelota, espía por sobre las cabezas de la barrera. La sutileza perversa de su botín zurdo ya está imaginando la parábola impecable e implacable que deberá recorrer el esférico para pasar por encima del va­lladar y meterse, de perñl digamos, por la rendija superior del arco, por esa banderola elevada y escasa que media entre la altura de los defensores y la horizontalidad persistente del travesaño. También se acerca Granero. Tal vez haya un toque previo al remate. Tal vez haya una jugada preparada con cambio al segundo palo para que el lungo Mendoza la baje de cabeza al medio. ¡Todo River en el área! ¡Hay empujones en esa barrera que saldrá, sin duda, catapultada hacia adelante apenas estalle el silbato de Cucciola! ¡Qué momento, señores! ¡Se le van a tirar a los pies a Tucho si llega a ser él el que pa­tee! Ahora también se acerca Martín Falero, el muchacho de Tres Higueras, el pibe de las inferiores que le pega con un ba- lustrín al esférico y está pidiendo la posibilidad de inscribir­se en la historia grande de sus colores. Audaz el mocoso, ya estrelló un tiro libre en el palo contra Quilmes, dándole des­de esta misma posición, pegándole de chanfle interno de de­recha por el lado de afuera de la barrera, lo que no sería a mi juicio una mala opción para el remate. “Dejámelo a mí”, pa­rece decir Martincito. O mejor diría: “Déjemelo a mí, señor Tucho”, porque se está dirigiendo a una gloria viviente de los Rojos, al dueño de la pelota del equipo colorado. “Déjemelo a mí, señor Tucho, que yo le doy de chanfle por afuera y a co­brar”, le está diciendo. “No, dejámelo a mí, pibe”, parece con­testarle Tucho ahora, sacándolo, apartándolo del lugar de la ejecución con la autoridad que sólo brindan los años y las mil batallas ganadas: “Dejámelo a mí que la responsabilidad de este tiro libre es muy grande y solamente yo, en este equipo de novatos, puedo absorber toda la presión del estadio”. ¡Y es una caldera el estadio, señores, en tanto se dilata la sempi­terna ceremonia de la barrera! “No —insiste Martincito—, us­ted pateó los últimos ocho tiros libres y no le acertó ni siquie­ra al arco. No puede seguir jugando sólo con su nombre y con la leyenda de su nombre.” Tucho toma la pelota ahora con sus manos y la ubica cuidadosamente sobre el césped como si el esférico de cuero contuviese diez mil kilos de trinitrotolueno. “¡Aun lado! —ruge—. ¡Soy el capitán y el ídolo y llevo conver­tidos más de veinticinco goles de tiro libre en toda mi carre­ra!” “Sí —insiste Martín Falero, obcecado—, pero usted ya tiene treinta y cuatro años, hace mucho que no convierte y sus músculos y su cerebro sienten indudablemente el esfuer­zo de ochenta y nueve minutos de un partido intenso, jugado con dureza pero con hombría por ambos bandos sobre un pi­so mojado por la lluvia de la víspera.” “¡No me compliquen el partido!”, truena ahora seguramente Daniel Cucciola. Cae un petardo. ¡Tranquilos, muchachos, terminemos este partido en paz! Cucciola ya tiene el silbato en la boca. “No soportaré im­pertinencias —le dice Tucho a Martincito—. He ejecutado to­das las jugadas de pelota parada y no habrá de ser ésta una excepción.” “¡Lo que pasa es que usted no quiere que suija ninguna figura que pueda ecl'Hsarlo!”, le dice en este momen­to Martín Falero con la misma frescura, con el mismo atrevi­miento, con la misma audacia potreril con que enfrenta a sus rivales en el campo de juego: “Usted sabe bien que está en el ocaso de su carrera y se aferra a los restos de prestigio que le quedan a costa de la frustración y el anonimato de todos los muchachos jóvenes como yo —o como Ruiz Peña, el volunta­rioso lateral de la cuarta— que tratan, honesta y forzadamen­te, de ganarse un lugar en los titulares de los diarios”. “¿Cómo puedes decirme eso, Martín —le reprocha Tucho ahora, heri­do—, cuando fui yo el que te recomendó a la dirección técnica para que te promovieran a primera? ¡Fui yo el que le indiqué a don Mingo Mottura que te hiciera practicar con los del pri­mer equipo!” “¡Sí! —grita entonces Martincito, descontrola­do—. ¡Sí! ¡Para que fuéramos nosotros, los pibes, los que co­rriéramos por todo lo que usted no corre en la mitad de cancha. Para eso nos quiere. Para eso nos hizo ascender. Pa­ra poder usted seguir con ese toque fino e intrascendente, el lujo vano, el ornato inútil, el artificio que llena los ojos pero no concreta, mientras nosotros echamos los hígados en el campo recuperando la pelota. Para eso nos promueve!” “Cría cuervos...”, parece musitar en estos momentos el veterano Tu­cho, “has aprendido de mí, he sido tu espejo, te he señalado cada lugar de la cancha que debes ocupar sin pedirte nada a cambio”. “Está usted acabado, Tucho —lastima ahora Martín, con lágrimas en los ojos—. Terminado. Alguien tenía que de­círselo.” “Y si tú corres por lo que yo no corro —indica Tu­cho— es simplemente porque no tienes talento para otra co­sa. No corres por ser joven y generoso, Martincito. Corres porque eres sólo un vulgar picapiedras que no sabe hacer otra cosa. Tendrás cincuenta y dos años y seguirás corriendo. Te ha sido negada la gracia del talento o de la creación.” “La hin­chada ya no lo soporta, señor Tucho —dispara Martín—. Lo que siente la hinchada por usted no es respeto, es lástima, pena, conmiseración.” ‘Yo te llevé a vivir a mi departamento —recuerda Tucho— para sacarte de aquella pensión misera­ble donde vivías cuando llegaste de Tres Higueras.” “Nuestra hinchada es, ante todo, un sentimiento —dice Martín—. Y así como es vibrante y pasional para algunas cosas también sabe mantener un piadoso respeto para quienes fueron grandes tiempo atrás y hoy se derrumban como un endeble castillo de naipes.” “Vivías en una pieza sin ventanas, Martín, junto a otros siete muchachos soñadores —reitera Tucho—. Y yo te llevé a mi departamento.” “¡Para que compartiera los gastos centrales, miserable!”, se enerva Martín. “Para eso me llevó, ara que pagara la mitad de los estipendios.” “¡Juego, seño­res, juego!”, reclama airado el árbitro Daniel Cucciola, quien ya ha llegado al límite de su paciencia. “¡Yo lo llevé a mi de­partamento, señor árbitro!”, le dice Tucho Saliadarró a Cu­cciola. “¡Y ahora, a mi edad, debo soportar esto! ¡Le di un te­cho, le di de comer!” “¡Y me echó, también, señor juez!” “¿Lo echó?”, se interesa el árbitro, sí, por este tema tan suyo. “¡Me echó como a un perro, porque envidia mi juventud, mi empu­je, no soporta que me hagan más notas periodísticas que a él!” “¡Lo mismo ocurre en nuestro equipo con Marcón!”, se escucha una voz que surge de entre los jugadores de River que, curio­sos, rodean a los litigantes. “¡También Marcón tapona la su­bida de los pibes de la tercera!”, agrega la voz. “¿Hasta cuán­do, Dios mío, va a continuar robando?” “¡Lo eché por sucio!”, vocifera Saliadarré, desencajado. “¡Lo eché por sucio y desor­denado! ¡Porque dejaba el baño a la miseria, porque no tira­ba la cadena, porque no lavaba sus medias de fútbol ni sus suspensores, porque se cortaba las uñas de los pies y dejaba las uñas tiradas sobre la alfombra! ¡Por todo eso lo eché, señor juez!” “¡Mentira, mentira —salta Martincito—, me echó porque su novia, Luciana, venía al departamento y sólo tenía ojos pa­ra mí, en vez de escucharlo a él contar sus estúpidas e inven­tadas hazañas futbolísticas! ¡Luciana hablaba más conmigo que con él, harta de su pedantería, sabiendo que ya a su edad lo único que podía hacer era hablar!” “¿Qué quieres insinuar, miserable?”, grita ahora, fuera de control, Tucho. “¡Lo que to­dos saben, que sus energías han menguado, que ya no son las mismas de veinte años atrás, y que desde el comienzo del Apertura le están atrayendo mucho más las amistades mas­culinas que las femeninas!” ¡Tucho se abalanza sobre Martín Falero, señores, deténganlo muchachos porque se van los dos de la cancha, Cucciola tiene la maño sobre el bolsillo izquier­do de su camisa! “¡Cómo puedes decir semejante barbaridad, proferir tan terrible bajeza!”, clama ahora Saliadarré. “¡Todos lo saben, todo el mundo lo dice!”, insiste Martincito. “¿Quién, quién te lo ha dicho?” “¡Él, por ejemplo!”, señala Martín, el brazo estirado hacia Damián Pedro Alsina, el recio stopper ri- verplatense. “¡Se lo ha estado diciendo a usted todo el parti­do, lo ha seguido por las más inaccesibles regiones del área, pegado a sus espaldas como una sombra, musitándole al oído una y mil veces que es usted un homosexual pervertido y es­candaloso y que le iba a romper el fémur de una patada ape­nas lo viese intentando ingresar en el área!” ¡Tucho Saliada- rré clava en este angustioso tiempo de descuento que ya estamos viviendo su mirada aguda en los ojos del defensor acusado y se lanza sobre él como un tigre! “¿Vos dijiste eso?”, lo apura, rojo de indignación. “A mí me lo dijo el Tito”, retro­cede Alsina, señalando, a su vez, a Meroni, el longilíneo goal­keeper, quien observa la escena desde el arco. “¿Vos dijiste eso?”, grita Saliadarré al arquero, sin avanzar hacia él, para­lizado junto a la pelota como si la magnitud de la infamia que se teje sobre su pundonor y buen nombre lo hubiese privado de la posibilidad de moverse. Tito Meroni enarca sus cejas, balbucea una respuesta, se alza de hombros, se señala hacia el pecho con ambas manos recubiertas por los mullidos guan­tes, camina hacia el tumulto agrupado cerca de su área. “¿Vos dijiste eso?”, vuelve a interrogar con voz quebrada Saliada­rré, como si no pudiera creerlo. “Es que... —procura articular el arquero, ya casi sobre la línea del área— son cosas que uno escucha...” ¡Y, atención, atención, atención, remata Tucho ha­cia los palos... y gol... gol... gol... gol...! ¡Goooooooooool, es gol de Independiente, goooool de Independiente! ¡Le pegó de im­proviso Tucho Saliadarré con la capellada de su botín zurdo, recto y seguro hacia el medio del arco sin custodia y anidó la pelota en las mallas decretando el tanto del empate entre el griterío formidable de su gente y la congoja entendible de leo locales! ¡Reclaman enardecidos los riverplatenses pero ya co­rre el árbitro Daniel Cucciola hacia el medio de la cancha convalidando el tanto que les sirve, vaya sí les sirve, a los visi­tantes para llevarse un punto de oro de un encuentro que pin­taba para un seguro contraste! ¡Y ya se acaba el partido, se­ñores! ¡Se acaba el partido, mis amigos! ¡Todavía se abrazan los jugadores visitantes tras la obtención del gol, formando una pirámide humana frente a la tribuna de su parcialidad, sepultando muy especialmente a Tucho Saliadarré y a Mar­tín Falero, quienes fueron los primeros en estrecharse en un abrazo! ¡Otra vez el viejo truco de la controversia interna, la vieja jugarreta de los afectos despechados! ¡Va a sacar del me­dio el equipo local! ¡Moverá Tocalli para Giménez! “Tocámela que tenemos que ir urgente por la victoria”, parece decir Gi­ménez. “No puede ser que seamos tan giles”, parece contestar el rubio centrodelantero de la franja roja. Toca Tocalli para Giménez...

17 - Memorias de un wing derecho

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí! donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba. ¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted losescucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba. No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito
para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio.Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco.
¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es
que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!




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